Essaouira, la Orden del Ibis Negro
Capítulo XXII


La estación de tren , aparentemente sin viajeros en descenso, marcaba la hora en un reloj con sonido de campana de Iglesia. Algo muy inusual, pensaron ellos.

La sombra de Moriarty y Cordelia avanzaba unos metros por delante de sus cuerpos.

Se dispusieron a salir por la puerta de la estación, con un ojo puesto en alerta. No confiaban en su espalda. Habían pensado bajarse en la estación de Edimburgo. Sin embargo, un toque de precaución les hizo tomar un apeadero previo.

Se asemejaba a aquellos lugares del ferrocarril donde apenas habían tomado tierra pasajeros, en años. El claxon de un automóvil les hizo girar la cabeza hacia la izquierda. Alli les esperaba un vehículo. De aspecto utilitario, común, se les acercó lateralmente y se paró.

Nadie abrió las puertas. Ellos mismos decidieron entrar. Un hombre de aspecto rudo les indicó que les quedaba aproximadamente unos 20 minutos de trayecto.

Los atardeceres en aquella época se hacían cada vez más oscuros. No había división entre la tarde y la noche.

A los 20 minutos exactos, en un pequeño giro del automóvil, la iglesia de Saint Mary se les presentó como una gran dama.

Para su sorpresa no se detuvieron en la entrada principal. Dieron prácticamente la vuelta rodeándola y pararon frente a una diminuta puerta. Habían estudiado con anterioridad la estructura y la arquitectura de la Iglesia. Sin embargo, nunca habían percibido la existencia de esa entrada.

El conductor estiró un pequeño cordel y sonó una campanilla.

La puerta se entreabrió. En la estancia, una capilla dedicada a San Bernardo se les presentaba ante sus ojos. El sonido de un aria de Haendel les recibió con solemnidad: ” Ombra mai fu“.


José María Agüeros, abogado y escritor vocacional nos traerá cada lunes un nuevo capítulo de este folletín.

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