Essaouira, La Orden del Ibis Negro
Capítulo XLI


Paulo Sacro Azariel X, Benedicto Hierofante II, Domenico Gamadiel Nono… Papas que nunca habían existido y que sin embargo estaban en el frontispicio de aquella sala.

Aquello no podía ser una representación o broma muy elaborada. Tanto Cordelia como Moriarty eran expertos en muchas áreas de la ciencia y del arte, y en este caso su instinto y sus conocimientos les hacía pensar que aquellos cuadros eran auténticos, antiguos.

Los nombres de todos aquellos Papás estaban inscritos con buril y pan de oro. Técnica perdida en el tiempo, en la Baja Edad Media, aquella en la que la trascendencia de Dios se transmitió hacia el alma del hombre, y con ello la medida de todas las cosas pasó a ser humana y por lo tanto imperfecta.

Era la aurora del Renacimiento, aquel movimiento cultural en el que, por conseguir un florecimiento del arte, del pensamiento, y una aparente libertad, el hombre dejó de ser parte de Dios y pasó a ser el centro de sí mismo.

Cordelia y Moriarty se acercaron a los pies de aquellas figuras papales.

Con aquella técnica de pintura medieval las miradas de aquellos rostros se centraban directamente en sus observadores.

Aquellas pupilas helaban el corazón…

Todos ellos, en sus manos, portaban el Antiguo Testamento. Sorprendía no ver en ningún caso ejemplar alguno del Nuevo Testamento.

Acercándose con más detalle, Moriarty pudo observar que, alternativamente, disponían en sus manos, el Antiguo Testamento abierto, o bien por el Libro de los Reyes o por el Libro de los Salmos, con un separador de cinta roja de satén en la que se leía lo más inquietante:

VERUS CHRISTI VICARIUS.

En verdad ¿eran éstos los verdaderos Papás, Vicarios de Cristo en la tierra y no todos aquellos que aparecían en los libros de historia?

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