Essaouira, La Orden del Ibis Negro
Capítulo LI

Un aroma dulce envolvió la atmósfera del vehículo.

Moriarty se deslizó por un pasadizo mental y de los sentidos hacia un estado en el que prácticamente sentía levitar su cuerpo.

No pesaba, su mente no pensaba, sus sentidos se embotaban con delicadeza.

Su pensamiento se sumergió en un palacio ancestral con música sagrada, incienso en lo alto de los pilares y no sin pensar que se lo imaginaba o que pudiera ser real, se sumergió en un pozo de agua cristalina rodeado de esculturas y lienzos que revivían una época que no alcanzaba a identificar.

Era evidente que alguna sustancia se había introducido en su cuerpo sin su conocimiento. Sin embargo esto no le importaba.

Es más, estaba disfrutando de una estancia en un mundo placentero.

Foto: Tetyana Kovyrina

Moriarty se durmió.

Podrían ser horas o quizás días, el tiempo que había transcurrido desde aquel baño místico. Comenzó a reaccionar cuando sintió en sus manos un hormigueo. También sus piernas comenzaron a sentir aquel comezón suave.

El ruido de un chasquido de sus huesos al intentar moverse le sobresaltó. Eso parecía indicar que había permanecido rígido todo ese tiempo.

Sus párpados parecieran los que cabría levantar con una palanca descomunal. Además, por otra parte, algo le hacía inclinarse más por aquel estado de plácido reposo y no enfrentarse con una realidad fría y desconocida.

Se incorporó. Un crujido le indicó que su espalda no estaba bien. Su cabeza se inclinó hacia delante y dio un pequeño giro.

Estuvo a punto de caerse de la plataforma dónde estaba en aquel momento acostado. Trató de identificarla y pudo percibir que era una cama sencilla.

Al borde de la misma y durante unos minutos con los ojos cerrados, trataba de reaccionar y despertar.

Un chirrido de bisagras sin engrasar hizo aparecer un hilo de luz. Una puerta se entreabría.

“Señor Moriarty. Su Majestad le espera”


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