Essaouira, la Orden del Ibis Negro
Capítulo I

En mi caminar, me detuve al lado de un café con soportal de madera que, envejecido por el paso de los años y del salitre…

Yo no tengo ninguna duda con respecto a la veracidad de esta historia ya que sus protagonistas me permitieron relatarla siempre que ellos ya hubieran desaparecido.

El lugar donde se desarrolla tiene su importancia: Essaouira, puerto atlántico de Marruecos, dónde comerciantes, militares, y piratas de renombre, se licenciaban en la vida como hombres de carácter.

En mi caminar, me detuve al lado de un café con soportal de madera que, envejecido por el paso de los años y del salitre, sobrevivía entre humo, tertulia y secretos. Sus vidrieras reconocían un colorido índigo, y sus alfombras surcaban el camino en la entrada con un color de viejo esplendor.

En el interior, un anciano camarero, en actitud dispuesta, se afanaba en dar brillo la tetera de cobre. Una máquina de café, datada en la época del Protectorado, destilaba a destajo la demanda de los clientes. A un lado, cortinas multicolor dejaban percibir una cocina dónde se elaboraba el té tradicional. La música resonaba en un receptor de radio de una emisora local, y un cantante y una orquesta autóctonos, desprendían un sonido vibrante aunque confuso.

En ese preciso momento, todo ello se fusiona con el canto tercero del moacin pero nadie se sintió sorprendido. Es un instante en el que dos o tres pasos se escuchan ligeramente pesados y cansados en la entrada del café, y una figura elegante, de mirada oscura e inteligente, escudriña el interior. Con sombrero Panamá para evitar los rigores del sol y sentirse un desconocido, un traje de lino, y un bastón a modo de elemento de mando más que de apoyo a su frágil cuerpo, entra en el café.

Moriarty, que así se hace llamar, recoloca una de las sillas frente a la ventana. Se sienta despacio y, con un gesto autoritario, hace ver al camarero su deseo de un café solo. Vuelve la mirada al tapete y del interior de su chaqueta, desplazando el reloj de bolsillo, recoge una cuartilla amarillenta, prácticamente ocre, la desdobla y la lee en un susurro tan ronco, que hace que los dos ancianos de la mesa de al lado se giren y miren con curiosidad.

Moriarty observa desde la ventana y, apenas después de un sorbo de café, chamarileros, carretones, bicicletas y comerciantes, se convierten, para él, en un lienzo costumbrista. En fin, un bullir de vidas entrelazadas en el puerto de Essaouira, aunque él prefiera llamarla Mogador. Espera la llegada del barco, que en el periódico Le Marrocain aparece como ” mercante griego, con carga sin especificar”. Moriarty conoce detalladamente esa carga, y espera que en ese barco se encuentre Klaus.

En un soberbio soplo de luz, aroma a especia e incienso y trama humana que desprende la Kasbah, justo en ese instante, por la puerta se desliza la sombra de Klaus Drexler. Moriarty se incorpora, separa la silla, avanza dos pasos, y con un gesto, con una leve inclinación de cabeza, extiende ampliamente la mano. Klaus asiente de modo refinado y reposa su mano en el hombro de Moriarty. Éste, sin esbozar siquiera una  palabra o monosílabo, indica al camarero que sirva otro café solo.

.- Klaus, no deberías dejar verte por Esaouira. El Consejo decidió tu suerte.

.- Mi querido Moriarty, mi deber y el tuyo los conoces. El Mundo espera una respuesta y nosotros la transportamos en esa carga

Entienden perfectamente que ha llegado su momento.

Continuará…



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