Essaouira, la Orden del Ibis Negro
Capítulo VIII

Nueva entrega del folletín de José María Agüeros: La Orden del Ibis Negro. Una apasionante intriga de uno de los grandes misterios del mundo


¿Moriarty? ¿Sabes quién soy? Puedes huir pero no esconderte.

Era la voz de Cordelia. Moriarty giró la cabeza y una ráfaga de luz femenina envolvió su mente. Y también su corazón.

¡Ella era tan bella y tan profundamente oscura! El pensamiento de
Carmine hizo un zig-zag y se adentró en aquel monasterio donde llegó a conocer a Cordelia.

Hubo pasión e intelecto, todo ello macerado en oscuras noches de silencio. Cordelia era una invitada del Prior, hecho sorprendente pero que más tarde tendría una explicación fidedigna.

Su primer encuentro fue ante una taza de café y un pedazo de pan
recién tostado. Solo hubo miradas cómplices. A cierta hora de la tarde donde los monjes oraban, los dos se encontraron fortuitamente en la biblioteca. En la misma sección. Prácticamente tocaban con los dedos el mismo ejemplar. El oculto, Male Nostrum, del eremita Amadeus.

No tuvieron más opción que compartir taza, pan y conocimiento. Y en
una hora nona compartieron pasión.

Ese fue el punto y final de Carmine tal y como él se había conocido.
En esa intersección del camino, él sería ya un hombre renovado, renacido, muerto y resucitado para el mundo exterior.

Cordelia absorbió su ser y su intelecto. Era el hombre más feliz del mundo siendo un títere de la mujer más hermosa que había conocido.

El era consciente de su situación y sin embargo gozaba de ella como un niño con su primer juguete.

Así transcurrió su vida durante su estancia en el monasterio no más allá de la Cuaresma del primer año. Muy de mañana, un día, su celda ya no estaba impregnada del perfume de aquella mujer.

No hubo nota alguna, escrito, voz, recado, ni testigo.

Pareciera que hubiera traspasado los muros del monasterio y ni siquiera hubiese levitado su alma por aquellos entresijos de la celda.

¿Habría sido una ensoñación?

Ahora no le cabía ninguna duda. Cordelia existía y estaba a unos centímetros de sus ojos.

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